I
Débiles caen las gotas de lluvia,
que además son silenciosas.
Son esporádicas también,
Las escucho solo yo.
Escucho todo:
desde que nacen en las nubes,
hasta que golpean los techos de las casas.
Me valgo ahora, nuevamente,
de mi pluma y mi papel.
Y la debilidad de las gotas me conmueve.
Estremecen mi corazón.
II
Los televisores están apagados,
las radios ya no transmiten,
los perros no ladran,
las personas no están afuera.
Pero me excito al ver con mi mente:
todas las ventanas están negras,
menos la mía;
luce más amarilla que nunca.
Y las brujitas vuelan en sus escobas.
Vuelan a baja altura, sonriéndome.
A nadie más miran con felicidad,
solo a mi.
Se cruzan por mi ventana amarilla
y me traen su olor.
Olor a pócimas y risas,
olor a tónicos y besos.
Y las dejo entrar en mi mente,
y me miran, y no sé, sientan,
pero yo sí lo hago.
III
Siento como mis labios se posan en los suyos,
y ella cierra los ojos y me corresponde.
Siento mis manos en las suyas
y ella solo me corresponde.
Mi corazón palpitando tan rápido,
como veces recorre la luz en un año, por segundo la tierra.
Y una mano suya se posa en mi cara,
una lágrima cae por mis pómulos,
no puedo evitarlo.
(Corro, en mis pensamientos,
tomado de su mano,
hacia un subterráneo
que va hacia arriba.
Es de forma de caracol,
y bajo por anchos pasillos,
corriendo tomado de su mano.
Bajo mientras subo,
pero río y ella también).
Ahora, me separo, despacio, de sus labios.
Procuro no alejarme mucho.
Nuestros rostros quedan a una distancia muy corta,
y ella no sabe qué decir;
solo apoya su frente en la mía,
la mía en la de ella se apoya.
IV
En mi rostro se dibuja un sonrisa
y en el de ella una expresión de confusión y felicidad.
Ahora cierro fuerte los ojos
y vuelvo a ver con más fuerza,
el cielo violeta,
mientras de fondo,
escucho amables ruidos de autos pasando,
escucho el bullicio tenue de gente hablando,
escucho, a lo lejos, bocinas,
escucho motores averiados...
máquinas de escribir, tacones altos, monedas en monederos.
Y con mis ojos cerrados
huelo papas fritas cocinándose,
huelo gases de autos,
huelo el amable olor a la bencina de los autos,
huelo miles de variedades de perfumes...
humo de cigarrillos, pastillas de menta, comida chatarra asándose
o friéndose.
Y todo bajo el fondo de lo que veo.
veo letreros luminosos que parpadean,
veo el violeta del cielo, muy penetrante,
veo kioscos con cientos de revistas,
veo cines atestados de gente...
las estrellas, más blancas que nunca, el cielo violeta, una
escoba.
V
Y de entre los edificios,
veo una mujer caminando,
Pero está en la otra esquina.
Y no importa, yo corro hacia ella.
Y no puedo alcanzarla.
Siento que quiere mirarme, pero no puede.
La veo saliendo de un callejón oscuro,
creo que yo voy hacia allá,
por eso la encontré.
No sé si seguirla o entrar al callejón.
Prefiero detenerme al medio de la calle a pensar.
Y mientras pienso dentro de un pensamiento en el que pienso,
veo algo inquietante:
VI
es un suelo de color salmón,
en donde el suelo y el cielo,
se dividen perfectamente por una línea recta.
El cielo es negro absoluto.
Nada da cabida a dudar de la negrez de este cielo.
Pero no termina en ver este suelo y este cielo;
sobre el suelo,
veo un balde, que es casi blanco.
Es un balde extraño, no como cualquier otro.
Y está solo, en medio de esta total nada...
excepto por un balón de basketball,
que da botes lentamente... muy lentamente.
Se cruza ante mis ojos y mi balde,
pero mi vista le es fiel a mi balde.
Y el balón se cruza dando alrededor de cuatro botes,
de derecha a izquierda,
lentamente, escucho el sonido del balón,
al botear en el suelo de color salmón.
Y el magnífico cielo negro,
hace contrastar los colores...
VII
Y después de esto,
opto por cruzar la calle,
y pensar detenidamente, en la vereda.
Aunque ya no la veo...
VIII
Mientras me decido, escucho, huelo y veo cosas,
que son inquietantes para mi,
pero decido seguirla.
Camino no muchos pasos y logro dar con ella.
Está feliz de verme,
y yo de verla.
Y mientras le hago un comentario sobre esta noche,
veo mujeres preciosas volando sobre escobas.
Mujeres que me ríen.
Yo las veo y me doy cueta que me miran,
para darme fuerzas y valor,
para poder encarar mi destino.
Sus fuerzas me hacen feliz,
su alegría me alegra,
su belleza me encandila.
Les doy infinitas gracias
y noto que ya llegó la hora,
la hora de encarar a mi destino.
Ellas se van ahora.
Estas mujeres fuertes, alegres y bellas,
me dejan ahora.
Las veo una última vez
y me miran también.
Nuestro adiós fue con miradas.
Ahora aparto la vista,
y veo a la más hermosa mujer.
Totalmente conmovido,
ni siquiera trato de explicar lo que vi,
y sin mediar más,
poso mis labios sobre los suyos,
y ella cierra los ojos y me corresponde...
Arcaláus