Con la pluma en mi mano derecha
y mi inspiración en la izquierda, acometo con fuerza en esta
hoja de papel, quien ha de temerme.
Pero pese a no tener miedo yo, creo sí que en esta oportunidad
debo de irme con calma.
Esperaré a que ésta me ataque y mi contragolpe será fatal.
Ahora, me escudo con la izquierda y blando con fuerza mi pluma
para escribir que escribo. Ella me ataca en estos momentos. ¿Quién
ha de interesarse en un ser que escribe que escribe? Pero mi
izquierda resiste con fuerza. Ahora no solo escribo que escribo:
escribo que escribo que una hoja de papel me ataca y yo me
defiendo de ella.
Ella cede a mi estocada que resulta fatal para ella. Ahora yace
muerta... sin vida. Pero mi pluma es omnipotente. No está
muerta, sino que el espíritu que la poseyó está muerto, pero
mi papel está más vivo que nunca. Me mira ahora y me da las
gracias. Me da las gracias, no solo por matar a ese espíritu
ajeno que me hirió, sino que me da las gracias por devolverla a
la vida mejor que antes.
Está viva y vamos a celebrar. Estamos ahora en el Paraíso, mi
hoja de papel y yo. Juntos, en este tan perfecto lugar,
levantamos nuestras copas de vino y bebemos con alegría.
-¡Por la vida!- dice ella
-¡Por la vida!- respondo yo con el doble de energía que antes y
que toda mi vida.
En este lugar, el tiempo no existe, por lo tanto, celebramos por
un largo período de tiempo incontable e innombrable. Nuestra
dicha era completa... o debería decir es... Sin tiempo me es difícil
conjugar los verbos. Los verbos que dieron vida a mi hoja. Los
verbos tan hermosos que me hacen correr, caminar, llorar, amar...
amar. A mi hoja de papel la amo. La amo con gran locura. Tanto
que no pude resistir verla muerta y fingí detalles que la
trajeron devuelta. Así es el amor. Pero ahora quiero hablar de
la celebración.
-¡Por la vida!- y empino el codo cada vez más alto. Ya siento
el sabor del vino. Lo siento como entra por mis labios, se
resbala suavemente por el borde de mi lengua, y cae dulcemente a
través de mi garganta, que canta de júbilo por tan preciado
regalo.
Pero, ¿qué veo? Es un dios del paraíso que tiene mi rostro y
me dice que abandonemos el lugar, pues no estamos muertos. No lo
pensamos mucho, obedecemos y vamos riendo embriagados a cumplir
la orden del todopoderoso.
Por causa del alcohol del paraíso, la embriaguez es más
placentera. Reconozco colores, reconozco olores. Estoy caminando
rodeando con mi brazo a mi hoja de papel. Le sostengo con amor,
como si fuera mi mujer amada. Los olores, cálidos olores que me
traen bellos recuerdos me hacen sentir más amor hacia mi papel.
Y ahora, recuesto en un campo de tulipanes a mi hoja y la lleno
de emociones. Emociones placenteras, emociones bellas.
Poso mi mano izquierda en ella, y con la derecha le hago el amor,
clavándole la fina punta de mi pluma. Ella se estremece de
placer. No dice nada, está totalmente feliz. La veo sonreírme y
yo le sonrío. Pero soy feliz sonriéndole y viéndola sonreír.
Ella me mira y me dice necesitar más. Yo quiero, también,
seguir y sé que puedo.
Estoy con ella en un campo de tulipanes, haciendo el amor,
disfrutando plenamente el haberle salvado la vida. Tanto ella
como yo.
Puedo hacer más de lo que hago. Pero tocarla más a fondo me da
vergüenza, no puedo evitarlo. Pero tomo mi vergüenza y la hago
consumirse en los fuegos del infierno.
La tomo con suavidad y la pongo sobre mis rodillas. Sigue sonriéndome.
Mi mano izquierda le da cosquillas. Le crea sensaciones que nunca
antes había tenido. La hace sentir feliz.
Pero ya acabaré. Queda poco tiempo. El placer se levantará
desde el oscuro rincón donde está confinado.
-Te amo.
Y ya está, he acabado y ella también. Su energía se agota y la
mía también. Ya no me quedan fuerzas para seguir.
Ahora dormirás... mi hoja. Y yo también
EPÍLOGO
Abro los ojos y veo un cuaderno sobre una mesa completamente
lleno de palabras. Todas esas letras que parecen mirarme. Parece
que me miraran y me sonrieran..
Levanto la vista y veo gente. Levanto la vista y veo lo que más
detesto ver. Me miro y estoy igual. Nada nuevo...
*
Creo que mi hoja
duerme tranquila. Descansad ahí mi amor. Os dejé al cuidado de
mi mano izquierda, quién te abrazará siempre. Mi siniestra
sigue sosteniendo mi inspiración y mi derecha mi pluma...
esperando que despiertes.
Arcaláus